Supongo que, a falta de un dios,
yo misma me condené
no se cúando ni cómo,
a la desesperecaión
pues aunque tuerza mi camino
siempre tropiezo con la dura fragilidad del cristal del vaso que me encierra,
en el que me ahogo
Y cuanto más intento subir, más me hundo
pero una luz, fuera,
en el universo desconocido en el que, a mi ahogado parecer, se saciarían mis ansias de libertad, parpadea y me llama
¿Qué hacer?
¿Intentar alcanzarla hasta morir,
desistir y hundirme en lo más profundo
o mirarla, haciendo que una idea, probablemente falsa, me haga vivir?
Ante las respuestas difíciles,
sóo se puede sonreir.
Lele
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