
Sobre la antigua humedad de los rocíos
una leve llovizna nos baña
apagando la sed de nuestras pieles
ardientes de amores pasados
y olvidados en un grito etéreo
de impiedades malévolas,
insignificancia de existencias
ya sin vida, entregadas a la inerte
y simple paz de una agonía
que, sin fines ni misterios,
en su opaco final sin etapas
consagrado en lacónicas sincronías,
matará el recuerdo en la memoria
dejando una eternidad vacía.
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