
Más allá de la bóveda
del tiempo y el espacio,
donde las dimensiones
se bifurcan
y convergen entre sí,
un lacónico tañir
de campanas
de bronces ajados
y desgarrados
capullos virginales
que, en las noches lánguidas
de miradas densas
y olores nauseabundos,
te iluminan por dentro
abrigándose en tu aliento,
alimentándose en tu vientre
como seno materno.
El emblema del no ser
que te sacude
el polvo de los viejos elementos,
ya añejados por el paso
del tiempo, que en el viento
se dispersan
a través del universo.
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